¿Quién está pidiendo mi voto? ¿Una persona o ChatGPT?
Un ensayo sobre inteligencia artificial y política en miras a las elecciones municipales en Asunción.
El ritual mañanero de casi todos nosotros consiste en desbloquear el celular y mirar qué está pasando en Instagram, Facebook o en X. En Paraguay estamos en un año de elecciones municipales, lo que lleva a que la gran mayoría del contenido que emerge en nuestras pantallas sea político, sobre todo en los anuncios de las redes de Meta.
En Asunción - donde creo que todos tenemos al menos un conocido como precandidato a concejal - vemos de manera repetida como propaganda electoral de todo tipo emerge en nuestras pantallas. Un ejemplo es un anuncio hecho por un tal Nicolás Zárate hecho con IA mientras deslizamos historias un sábado cualquiera a las 9:00 AM.
Algo que solo se le podría ocurrir a un boomer colorado es hacer un video generado con IA debatiendo con el Dr. Francia sobre cómo sacar a la ciudad de “terapia intensiva”.
¿O no?
Este anuncio me llevó a prestar más atención a la comunicación política de las figuras que aspiran a ser nuestras nuevas autoridades municipales este año (o bien que buscan el rekutu).
Y para sorpresa mía, no solo a un boomer colorado se le ocurrió que era buena idea usar herramientas de inteligencia artificial generativa en política. Son demasiados los casos donde se está utilizando, aunque de un modo tal vez más “prudente”.
Es fácil darse cuenta de los trazos de un texto escrito con IA. La sintaxis los delata. Una figura literaria se repite. El nombre específico es paradiástole, una palabra de raíz griega donde para significa “junto a” y diastole significa “distinción”.
En palabras sencillas, la figura literaria se utiliza para contraponer palabras de significado similar como modo de explicitar una diferencia. “No es bueno; es magnífico”. “No es necesario: es urgente”. “No solo es un logro: es una conquista”.
Y como dije, no solo es Nicolás Zárate. Y no son solo los colorados. ChatGPT escribiría “No son solo los colorados: también son los opositores.”
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Esto lo pude observar cuando hace unas semanas, tras otro “escándalo” mediático alrededor de José Duarte, el hijo del expresidente de Paraguay, Nicanor Duarte, y sus dichos que fueron interpretados como una relativización de la última dictadura que vivió el país (en manos de su partido) en contraposición a los autoritarismos previos (en manos del Partido Liberal).
Y figuras que vienen de sectores que casi nunca, por no decir nunca, tienen a la dictadura de Stroessner o a la memoria entre sus prioridades políticas —algunos incluso con beneficiarios de dicha dictadura entre sus filas, como el caso del Partido Patria Querida— salieron con reels y comunicados condenando radicalmente los dichos del sociólogo a la caza de interacciones y posicionamiento.
¿Y qué hacés cuando no tenés la más pálida idea de qué decir ante una situación como esta? Podrías investigar, hablar con sobrevivientes o sus familiares, zambullirte en la viva discusión sobre la representación de la memoria en Paraguay, hacer un encuentro con organizaciones que trabajan por ella. Pero no.
Eso toma tiempo y no te interesa tanto como para dedicarle tiempo. También lleva trabajo. Y es el tema del momento, y necesitas engagement, vistas, atención de los “progres” que no saben si votarte o no.
Entonces entrás a ChatGPT y sí te tomas el tiempo de redactarle un prompt probablemente largo explicándole lo que dijo José Duarte y pidiéndole que escriba un posicionamiento para una candidata a la intendencia de Asunción que suene indignante pero que no sea demasiado confrontativo, que condene la dictadura llevada a cabo por el Partido Colorado pero que no ataque a todos los colorados, que genere empatía de sobrevivientes y sus familiares pero que no espante a los posibles herederos de la dictadura que te pueden apoyar, que pueda ser reposteable por un progre pero que no suene tan progre, y podría seguir.
ChatGPT te respondería algo como lo que la precandidata a la intendencia Soledad Núñez publicó en sus historias de Instagram:
Obviamente acompañado de una cajita de preguntas, para las interacciones.
Y este es solo uno de los ejemplos más despreciables de cómo muchos políticos paraguayos hoy están a punto de vaciar el acuífero Patiño para ahorrarse el pensamiento y conseguir unos cuantos votos. Hay muchos más.
La IA, sus orígenes y su influencia en la erosión política de Paraguay
Es importante resituar el origen de la inteligencia artificial, que no fue hace 10 ni 20 años. Charles Babbage, el “padre de la computadora”, fue un matemático y científico británico que dedicó su vida a estudiar cómo disciplinar el pensamiento a través del análisis algebraico.
En el auge del desarrollo industrial británico —cuando se empezó a mecanizar el trabajo— Babbage visitaba fábricas y analizaba los sistemas de manufactura, y creía que dichos procesos industriales podrían aplicarse a la mente humana.
Con sus ideas abrió el camino a la posibilidad de construir artificialmente la inteligencia humana en una máquina. Mucho de su trabajo se podría resumir en una frase: “Deseo que pudiésemos hacer con la mente lo que la fábrica hizo con los cuerpos”. Este es el nacimiento de la inteligencia artificial, en el siglo XIX, un contexto industrial donde la fábrica empieza a tomar el trabajo físico.
No deja de ser una broma cruel que esta narrativa etérea de la tecnología esté representada en la elección de nombres de empresas perversas de IA para vigilancia masiva como Palantir, una referencia a la bola de cristal del mismo nombre en El Señor de los Anillos. Ambas son utilizadas como un panóptico por las fuerzas del mal.
Es cruel porque El Señor de los Anillos es y toda la obra de Tolkien alegoriza el rechazo del autor a la Revolución Industrial.
Sin embargo, las empresas de inteligencia artificial constantemente utilizan la narrativa etérea de la tecnología como algo nuevo, inmaterial, neutral y que trasciende las capacidades humanas.
La famosa “nube” como algo abstracto, que navega por el cielo o bajo el agua con redes invisibles que transportan datos, códigos, inteligencia. Pero ese concepto abstracto se sostiene con infraestructuras muy concretas: los data centers.
Lo que es necesario desafiar es primero que las inteligencias artificiales generativas como ChatGPT, Copilot o DeepSeek son neutrales. Una idea que es hija de la larga tradición de aprovecharse de la ingenuidad humana y la posibilidad de racionalizarla, mecanizarla para superar los límites de la especie. Una idea que logra ocultar los intereses de quienes se benefician de ella en un doble juego, donde estos intereses son ocultados bajo el mismo manto de neutralidad sobre el que basan sus promesas tecno-optimistas.
Sabemos que la IA demanda una alucinante cantidad de electricidad. Las Unidades de Procesamiento Gráfico (GPU) que entrenan a los modelos extensos de lenguaje como ChatGPT y que permiten que este responda a los prompts de los usuarios se concentran en esos data centers, básicamente un lugar donde se aloja todo el equipo o hardware de la IA.
Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), el consumo de electricidad de un data center promedio enfocado en entrenar inteligencia artificial es equivalente al de 100.000 hogares, y que los más grandes (aún en construcción) podrían consumir hasta 20 veces más. También consumen millones de litros de agua para mantener fríos dichos equipos —un prompt promedio consume aproximadamente medio litro de agua— que a la vez dependen de minerales críticos, escasos y cuyas cadenas de suministro están altamente concentradas —por China— y son también altamente vulnerables a disrupciones.
El cuento de la autonomía también se deshace ante la estremecedora realidad de que detrás de ella se encuentran personas en Kenia, India, Madagascar o Filipinas —países con pocas o nulas protecciones laborales— trabajando más de 10 horas al día filtrando imágenes violentas y traumáticas que no son pagadas con dinero, sino con bolsas de azúcar o arroz. Esa es la realidad de los trabajadores detrás de las IAs más avanzadas. Sin estos humanos explotados, la IA no sería “inteligente”.
Podemos hablar también de lo molestas que son estas instalaciones para las comunidades donde se encuentran, ya que usan ventiladores industriales gigantes que emiten ruidos insoportables que no dejan dormir y aturden a cientos de vecinos en Villarrica, por ejemplo. O con qué gobiernos se alían para lograr ejecutar todo lo mencionado.
Todos estos “detalles” técnicos deben necesariamente ser remarcados ante la narrativa de las grandes empresas tecnológicas de que son parte de la solución y no el problema, que son la promesa para el avance de la humanidad y la lucha contra el cambio climático o la desigualdad.
La filósofa Sabina Leonelli recuerda que esto no es una “captura” de la promesa de la tecnología, como ciertos vendedores de baratijas digitales quieren describirlo. Es por eso que insiste en una mirada ambiental para rehusarse al truco de ocultar su impacto. Que la computación debe ser vista como una práctica ecológica — que metaboliza recursos, cuerpos y nuestra atención.
Lo último es clave para entender la otra dimensión problemática de la IA.
Porque no solo sabemos que va a contramano de lo que necesita el mundo para evitar arder en temperaturas y raudales extremos como los que ya vivimos en Paraguay.
También sabemos que activamente roba. Roba a los artistas, escritores, ilustradoras, actores de voz, las personas hacedoras de la belleza y la curiosidad transmutando de manera bastarda sus trabajos sin reconocimiento, sin pago y con desdén hacia el esfuerzo que conlleva. Y roba a cada persona que la utiliza de la esencial experiencia humana de pensar, erosionando nuestra capacidad crítica de manera activa.
Los dueños de las Big Tech impulsan activamente el fascismo a través de sus productos y el poder que obtienen de él. Como el Palantir de los Señor de los Anillos, el Palantir de nuestra realidad busca identificar y aniquilar a quien amenace la sombra de Mordor. Identificación preventiva para deportaciones masivas en
Estados Unidos, abrazo a las extremas derechas como el Grok de Elon Musk y hasta utilizar bombardeos a palestinos para alimentar sus algoritmos.
Esto tampoco es un error de diseño. Es parte del diseño eugenista de los señores feudales de las infraestructuras y sus financistas, que tienen alergia a la democracia y la idea de que la información sea un bien público y no un commodity cuya calidad dependa de tu clase social.
Para las masas, nada más que lo playo del AI Slop. Versiones resumidas. Arte que no es arte. Incentivar que no realices el doloroso y esencial ejercicio de pensar, comparar, discernir y aprender para llegar a una conclusión. Llegando al punto que no puedas identificar la validez de las respuestas que te provee. Todo es igual, nada es mejor.
“¿Es esto cierto Grok?”
Es una estética que la IA comparte con la política paraguaya.
Su uso revela nuestro problema ulterior. A veces es difícil distinguir si estamos viendo un programa de El Conejo, que quizás tiene más redactores humanos que estos candidatos y que incluso a veces tiene personas en vivo discutiendo problemas con sorprendente matiz, como este debate sobre el maltrato animal donde participó Kattya González.
Este fin de semana, alrededor 1000 personas votantes de Asunción tendrán que decidir quién será la candidata de la oposición en la ciudad sin que hayamos tenido un debate entre ambas precandidatas. ¿Por qué? Según una de las candidatas con más consumo de energía y agua por posteo en redes sociales, Soledad Núñez, esto es porque entre ella y Johanna Ortega —Diputada Nacional por el Partido País Solidario— “hay más coincidencias que diferencias”, que Ortega está teniendo una actitud “beligerante” al proponer un debate y que esto es darle “herramientas al adversario real para que se regocije en sus tensiones”, además que ella a Johanna “la valora y aprecia demasiado”.
No es casualidad que al mismo tiempo que la banalidad se apodera de la política paraguaya como una infección, quienes quieren llegar al poder por el mero hecho de tener poder, huyan de un debate.
El hecho de que candidatas como Soledad demuestren su inhabilidad o ausencia de intención de explicitar sus posturas políticas y someterlas al escrutinio de los votantes debería ser más cuestionable que las posibles posturas políticas que llegara a tener, por izquierda o por derecha. Es particularmente ofensivo que provenga de Nuñez, que ha basado toda su figura política en un perfil de técnica recibida en Oxford.
Otra ilusión de neutralidad. Otra puntada en el tejido remendado que sostiene a la cultura política paraguaya que no termina nunca de recuperarse de la dictadura más larga de la región.
Es un círculo vicioso del que, evidentemente, ni las “mejores” figuras académicas del país pueden huir. O en el que se sienten cómodos, y aún más cómodos con la inteligencia artificial, ya que ahora ni tienen que dedicarle pensamiento o asumir la responsabilidad en lo que ofrecen a la ciudadanía.
“¿Por qué ahorrarse el pensamiento?” dijo Leila Guerriero en una entrevista hace unos meses. Y me apropio de esa pregunta no solo como una duda sino como un cuestionamiento.
¿Por qué no pensar?
¿Por qué le pedirías a ChatGPT que escriba algo tan importante como un guión de un video donde deberías plasmar tus convicciones políticas o un posicionamiento sobre la dictadura estronista?
No es redactar un email. Es algo tan profundamente complejo, humano y espeso como la política. La política no como una rama del marketing o de la administración de empresas, sino como eso que transforma nuestra realidad, nuestras vidas y el curso de la historia. Que inspira y conmueve a muchas, muchísimas personas. Que toca cada aspecto de nuestra existencia. La vereda en la que caminamos o cuándo y cómo nos vamos a jubilar. Si no te tomas el tiempo de reflexionar sobre eso, ¿en qué usas tu tiempo? Y también, ¿por qué debería tomarme yo el tiempo de escucharte y votarte a vos?
Mi intención no es condenar moralmente el uso de la inteligencia artificial, sobre todo porque me parece injusto hacerlo en una realidad donde es prácticamente imposible huir de ella. Pero como dijo Naomi Klein en un panel sobre IA y extractivismo, creo que tenemos que encontrar una manera de hablar al respecto, entendiendo que estamos sumidos en un sistema donde la gente está trabajando por un salario miserable, de manera informal, sin garantías de nada — entonces ciertamente se podría volver atractivo darle toda tu información personal a una empresa de tecnología como OpenAI a cambio de que te haga tu trabajo más fácil. Yo misma llegué a caer en ese agujero.
Sin embargo es importante recordar lo que Hannah Arendt nos intentó decir hace 75 años: para que el fascismo prospere se debe acabar la educación crítica. Un profesor de la Universidad de Winchester, Nigel Tubbs, señala analizando la lectura de Arendt que “los fascismos son educativamente perezosos y equiparan el cuestionamiento con la deslealtad”.
Y es acá donde categóricamente rechazo la desvergonzada pereza intelectual de personas privilegiadas y formadas —como ellos mismos lo señalan constantemente— porque no tienen, en absoluto, la misma cuota de responsabilidad que el redactor de una agencia de marketing que tiene que gestionar a diez clientes a la vez.
Especialmente cuando estas personas pretenden gobernarnos. Quienes alardean de ser la vanguardia política paraguaya, las famosas “caras nuevas”, terminan empobreciendo el debate político. Aunque parezca pequeño, es como hundir aún más la daga que tenemos perforada hace más de setenta años, ya que es durante un ciclo electoral más repetir lo mismo de siempre, y esta vez además con tecnologías cuestionables en todos los sentidos (privacidad, ambiental, social) que nos vuelven aún más estúpidos y bajan la vara de lo que es hacer política en nuestro país.
Porque no solo es mediocre la comunicación digital, también lo es la dinámica que definió este ciclo previo a las municipales. Yo todavía no puedo explicar cómo se va a definir quién será la candidata que se enfrente al Partido Colorado en las elecciones de octubre sin sentir que estoy fallando a mis principios democráticos.
Hasta da vergüenza, porque el Partido Colorado tiene procesos más democráticos que el camino que eligió la oposición como “interna”. No malinterpreten. Por si no quedó claro: no es consecuencia del uso de la IA, la IA es una ilustración cabal de una irresponsabilidad política más profunda, del desinterés total de participar realmente en una sociedad democrática. Un vestigio dictatorial, me atrevo a decir. Porque eso conlleva una forma de involucrarse en el mundo que sea plural, crítica y no violenta.
Una forma que los paraguayos no conocemos aún, porque aún no nos liberamos de las pesadas cadenas del stronismo. Y como dije antes, donde figuras como Soledad Núñez encuentran comodidad, porque evita el escrutinio de sus contradicciones y coincidencias respecto al gobierno de Santiago Peña (a quien además apoyó cuando se Peña se candidató a Presidente en 2017). Eso se puede verificar con como Núñez operó para no debatir con Johanna Ortega, rechazando invitaciones a varios debates, incluso a uno pequeño de 50 invitados organizado por el Club de Economía, liderado por jóvenes estudiantes de la Universidad Nacional de Asunción.
Si Soledad y Johanna tuviesen más coincidencias que diferencias como dice la primera, no habrían dos equipos ahora mismo en Asunción pujando por la candidatura a la intendencia. Estaríamos todos con una de las dos. La narrativa que empuja Soledad —y su equipo— de las “coincidencias” es un recurso suyo para disfrazar lo desarticulada que está la oposición, y eximirse a sí misma de la cuota de responsabilidad que tiene ella en esa desarticulación, porque todo lo que es democrático para ella es “beligerante”.
Discutir ideas es beligerante. Criticar es beligerante. Disputar en una interna es beligerante. Básicamente las cosas más esenciales que constituyen a una democracia es “pelearse”. Como dije antes, para el fascismo cualquier cuestionamiento es deslealtad.
En base a esa narrativa, este fin de semana la candidatura de oposición en Asunción no se va a definir con votos, sino con una rama de las ciencias matemáticas: la estadística. De repente necesitamos una forma matemática de ejercer la democracia. Tiene más legitimidad el arreglo de un desacuerdo en una comisión vecinal votando a mano alzada. Mientras la oposición gasta millones en una encuesta de mil personas para una ciudad de 500.000 habitantes, los afiliados colorados van a ir a una interna pesada y tensa a elegir a su representante para octubre.
Estas decisiones comprometen el fortalecimiento de la democracia paraguaya, y ya no hay colorado que culpar.
En otro ensayo hace unos años escribí: Necesitamos volver a confiar en la política aunque los que en nuestro país lleguen al poder nos decepcionen constantemente. Porque se nutren de nuestra desesperanza, ignorancia y de nuestros brazos caídos. Porque eso es lo que les permite seguir en el poder. Pero no la política desabrida de centro de estudiantes típica de Paraguay.
Política con contenido, con territorio, con el objetivo real de disputar el poder, que interpele y que sea incómoda. O sino, es simplemente otro voluntariado que no cambia la realidad de absolutamente nadie.
Y para poder hacer esa política es preciso que nos cuestionemos lo que hoy se etiqueta como innovador o moderno. La IA no es innovadora en el sentido de que, después de todo lo que describí, da más poder a los que ya tienen muchísimo poder, tiene sesgos políticos, busca el deterioro cognitivo de las masas y es dependiente de cadenas de suministro neocoloniales cuya lógica es incompatible con la continuidad de la vida en la Tierra tal como debería funcionar.
De la misma manera, no es innovador ser una outsider sin organización política, “independiente”, pero que ha formado de manera sostenida alianzas con partidos tradicionales como el Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) — y no señalo eso como algo negativo, sino como incoherente, cobarde y justamente, lo opuesto a innovador. No es innovador hacer encuestas para definir una candidatura, es antidemocrático, aunque dicho método haya sido definido “de manera democrática”. Obtura el ejercicio de la democracia misma y del fortalecimiento de las organizaciones políticas del famoso “tercer espacio”.
Permítanme hacer una última observación: es crucial luchar contra este nuevo orden que nos empuja a la pereza intelectual, a la violencia y al analfabetismo político.
Volvamos a leer, a ver películas, a conversar, a ocupar el espacio público, al espesor. “Nadie está pidiendo que volvamos a la época de las cavernas, pero sí es indispensable aminorar la marcha para mirar la realidad de otra manera, recoger los avances positivos y sostenibles, y a la vez recuperar los valores y los grandes fines arrasados por un desenfreno megalómano” dijo el Papa Francisco en una de sus más importantes encíclicas.
Tengamos cuidado con estas tecnologías que pretenden ser la solución a todos los problemas creando otros nuevos. Apoyemos aquellas que están al servicio de las personas y con una presión mucho menor sobre la naturaleza.
Respetemos y abracemos el proceso complejo y a veces, aburrido o estresante que implica aprender y relacionarse en este mundo. Es el camino que usaron aquellos que crearon las mejores novelas, películas, obras de arte, conceptos científicos y también, políticas públicas. Prestemos atención a quienes nos prometen resolver problemas pero sin tocar a los grandes intereses que causan esos problemas.
Este no es un fenómeno aislado. Como detallo en este ensayo, todo está conectado, y es producto —e instrumento— de un sistema que nos continúa fallando.
Foto de portada: U.S. Army Photo, Public domain, via Wikimedia Commons.
Ensayo por Sara Seux, con colaboración adicional de Maximiliano Manzoni.








