He visto el futuro en Caracas. Es un crimen
No habrá paz en el mundo mientras sigamos dependiendo del petróleo.
En la madrugada del 3 de enero de 2026 varios puntos de Venezuela y su capital, Caracas, fueron bombardeados por Estados Unidos. Luego de eso, su presidente, Nicolás Maduro, fue capturado (o secuestrado) por fuerzas norteamericanas. Todo esto fue confirmado por la administración de Donald Trump.
Se trata de la primera acción militar de una potencia extranjera en territorio latinoamericano en 35 años, desde que Estados Unidos hiciera algo bastante similar en Panamá en diciembre de 1989. Desde entonces, la región había logrado mantener entre tantas de sus flaquezas una paz que el mundo árabe y africano nunca empezó a experimentar, y que Europa rompió con la guerra en Ucrania.
Entre los lugares bombardeados en Caracas está la base militar La Carlota. Una colega, periodista del clima, vive a 10 cuadras de allí. Otra colega, también periodista climática, vive a 3 cuadras del aeropuerto volado por las bombas. Los ataques en teoría dirigidos a objetivos relacionados al régimen de Maduro se encontraban alrededor de casas como la tuya y la mía, en una ciudad latinoamericana bastante igual a la tuya y la mía, en una madrugada de enero como la tuya y la mía.
En tiempos de aforismos hay obviedades que pueden confundirse por contradicciones. El gobierno de Nicolás Maduro es (y no era, porque todo el resto del gobierno sigue en el poder) un régimen autoritario, torturador y antidemocrático.
Esto no significa que sea legítimo que Estados Unidos nos de una reedición de farsa de la Doctrina Monroe. Narcoterrorismo es a la Venezuela de 2026 lo que armas de destrucción masiva era en Irak en 2003.
Nunca hubo causas justas que terminaran bien en manos tan injustas.
De las pocas ventajas que ofrece Trump es que no nos hace perder tiempo en las máscaras de civilidad detrás de su agenda de crueldad. Trump considera propiedad de Estados Unidos el petróleo y la tierra que Venezuela “les robó” con las nacionalizaciones.
El cómico George Carlin en su lucidez describió una vez a su país como “una empresa petrolera con un ejército”. Donald Trump, que baila al son de los tambores del fósil, pone el riesgo a todos los seres vivos del mundo con su adicción al crudo.
Trump defiende y ataca en pos de mantener una economía lovecraftiana donde quemamos los restos de seres casi mitológicos enterrados en la profundidad de la tierra a cambio de condenar casi sin punto de retorno a la humanidad a sequías que nos dejarán sin pan ni agua, lluvias que no nos permitirán respirar.
Lo sucedido esta madrugada es sin embargo un paso mucho más grave para el cambio climático que un retiro del Acuerdo de París o la obstrucción olímpica al abandono de los combustibles que vimos hace unos meses en Belém do Pará.
Desprovistos del manto de la legalidad ni la coacción de la vergüenza, países como Estados Unidos bombardean con ojivas de dióxido de carbono los cimientos donde descansa la esperanza de evitar que el mundo arda.
No sucedió en una sola noche, está claro. Gaza abrió la puerta para que la violencia impune de hombres que pertenecen al pasado sea utilizada para proteger los recursos necesarios para un porvenir donde el resto somos desechables. Greta Thumberg lo vio desde un velero. Nosotros desde un smartphone.
Los países ricos, en contubernio con países como el nuestro - que vivió un genocidio y una invasión por parte de potencias - martillan tapas metálicas en oídos para no oir los estruendos, viseras de acero en los ojos para no reconocer lo que vemos, grapas de hierro en los labios para no gritar sobre ello.
Creer que estamos a salvo de Venezuela y Gaza por alianzas coyunturales con quienes solo entienden el lenguaje humeante de pistolas nos condena a un silencio bastante parecido a la estupidez.
Serán los nuestros quienes huyan del hambre y el calor. Quienes verán sus tierras despojadas por lo que haya debajo. Serán también los nuestros los que nos preguntarán que hemos hecho para evitarlo.


