Mi hijo sabe que necesitamos árboles para lidiar con el calor. ¿Por qué nuestras autoridades no?
La investigadora Montserrat Fois inaugura la sección de ensayos en Consenso reflexionando sobre el calor, las escuelas, y cómo las mujeres se hacen cargo cuando una ciudad no cuida.
Por Montserrat Fois
Asunción es un recordatorio permanente de que fue diseñada para explotar la vida y no para cuidarla.
Cuando busqué a mi hijo caminando desde la guardería, el sol ardía sobre nuestros ojos y el asfalto.
Él, con la carita completamente roja, de repente me miró y dijo: "Acá está fresco". Habíamos llegado a una esquina donde los árboles formaban una especie de túnel verde, un respiro en medio del calor urbano.
Le pregunté por qué creía que ahí estaba más fresco. Me miró como si la respuesta fuera evidente y, con la certeza de quien no necesita teorías ni discursos para entender lo que es obvio:
- Porque hay árboles.
Hace una semana, una investigación de Consenso reveló que 759 instituciones educativas paraguayas en Asunción y el departamento Central se encuentran en islas de calor urbanas, privadas de infraestructura básica como baños, agua potable, electricidad y ventilación.
Una precariedad que cae sobre 115.000 niños, niñas y adolescentes, así como a quienes tienen que cuidar de esos estudiantes en la escuela y en sus casas, aumentando el riesgo de golpes de calor, deshidratación y dificultades en el aprendizaje.
Y en Paraguay quienes cuidan cuando la ciudad no cuida son, estadísticamente, las mujeres.
Es lo que encontramos en un estudio de Latindadd realizado junto a Verónica Serafini. Madres, hermanas, abuelas, profesoras o directoras son quienes cargan con el trabajo de atender las consecuencias de ambientes degradados sobre la salud, la alimentación y la educación.
Son ellas las que se organizan para conseguir termos de agua fría si en la escuela no hay bebederos, o hacen los eventos de recaudación de fondos para comprar acondicionadores de aire o ventiladores.
Por eso no extraña que haya sido una madre quien se haya quejado en la cara al intendente de Asunción cuando inauguró 20 pupitres en el Colegio Las Residentas: “hace 50 grados de calor y no hay ventiladores ni aires”.
De acuerdo con los datos de Consenso, la institución está en una isla de calor de riesgo muy alto. Y pide esos ventiladores hace más de un año.
La crisis climática no afecta a todas las personas por igual.
Las temperaturas elevadas, los periodos cada vez más largos entre lluvias y las inundaciones extremas desenmascaran la situación de desventaja en la que se encuentran las mujeres, niñas y adolescentes para hacerle frente.
Las mujeres, las diversidades de género y las comunidades en situación de vulnerabilidad enfrentan mayores barreras para adaptarse y recuperarse de los efectos del cambio climático.
Esto se debe a desigualdades estructurales como la división sexual del trabajo, el acceso desigual a recursos productivos como la tierra, la dependencia económica y su participación mayoritaria en el mercado de trabajo informal, caracterizado por la precariedad.
La injusticia ambiental no solo deteriora los ecosistemas, sino que amplifica las desigualdades de género, relegando a las mujeres al rol de gestoras informales de la supervivencia de sus familias y sus comunidades en condiciones cada vez más adversas.
Estas limitaciones condicionan las posibilidades de adaptación al cambio climático. Si la ciudad no cuida, esta depende del bolsillo.
La falta de cobertura de servicios básicos por parte del Estado se traduce directamente en más tareas para las mujeres en espacios domésticos y comunitarios, donde comprometen muchas horas para el trabajo voluntario.
Ante la ausencia de respuestas estatales efectivas, las redes de seguridad construidas por las mujeres, en términos de Diane Elson, constituyen una constante.
Además, la carencia de condiciones mínimas de higiene en las escuelas obliga a muchas niñas y adolescentes a faltar a clases cada vez que menstrúan.
No es un tema de incomodidad: es una exclusión estructural que les impide acceder a la educación en igualdad de condiciones, e, incluso, las obliga a usar materiales insalubres, arriesgarse a infecciones o excluirse de las actividades escolares.
Mi hijo de dos años asiste a una guardería en el barrio Sajonia de Asunción. En frente tiene una gasolinera.
Autoras como Maristella Svampa ya señalaban que es una consecuencia de ver a la ciudad como una pura mercancía, algo a lo cual vender al mejor postor, aunque ese mejor postor barra con los pocos espacios verdes disponibles para construir supermercados y estaciones de combustibles llenas de asfalto y cemento.
Algo tan esencial como una escuela queda subordinada a la especulación en vez de al bienestar de los niños, niñas y adolescentes cuyas vidas decimos en tantos discursos querer proteger. Una imagen clara de lo que Svampa describe cuando habla de extractivismo urbano: una ciudad donde el suelo se privatiza y se explota sin la más mínima preocupación por sus derivaciones socioambientales.
Cuando se habla de género y de feminismo, hablamos de esto. Sin perspectiva de género, las respuestas del Estado al problema del impacto del calor en las escuelas seguirán siendo parciales e ineficientes.
No es solo una cuestión de infraestructura: es entender que la falta de un baño o un bebedero significa más trabajo de cuidado que las mujeres sostienen para hacer posible la vida en los barrios más afectados de una ciudad que no cuida.
Montserrat Fois es una politóloga e investigadora feminista paraguaya. Magister y candidata a doctora en Antropología Social por la Universidad de Buenos Aires.